En esta sesión ampliaremos la idea de la santidad que exploramos en la sesión anterior, particularmente lo que se relaciona con la identidad de Dios, la esperanza del evangelio y la vida del cristiano. Veremos la importancia fundamental de la rendición de cuentas para el peregrinaje del discípulo.

LA SESIÓN EN POCAS PALABRAS

Dios desea que su pueblo sea santo como Él es santo, y es mediante la sumisión al Espíritu Santo y la rendición de cuentas en comunidad que podemos crecer en santidad.

TRASFONDO DE LA SESIÓN

Las palabras santidad y santo aparecen más de 700 veces en las páginas de la Biblia. La santidad es un tema central de la Escritura, y Dios desea que sea una realidad central en nuestra vida.

Dios es santo, lo cual significa que «está aparte». Es perfecto, soberano y único, no existe nadie como Él. Nosotros no somos santos: nadie, absolutamente ninguno, está a la altura de alcanzar el modelo perfecto de nuestro santo Dios. El escritor de Hebreos nos dice que solo los santos verán al Señor (Hebreos 12:14), y Jesús declara que los puros de corazón verán a Dios (Mateo 5:8). Nuestra falta de santidad es un problema inmenso para la humanidad si queremos abrigar alguna esperanza de relacionarnos con Dios. ¿Cómo puede lo que no es santo volverse santo, aceptable al Señor y apto para habitar en su reino?

La buena noticia es que Jesús dispuso el camino por el cual personas no santas pueden entrar en la presencia del Dios perfecto y santo, y habitar con Él para siempre (Efesios 5:25-26). Los que ponen su confianza en Jesús comparten su santidad y entran así en una vida completamente nueva. La verdadera vida es una vida santa.

La santidad también es el tema del mensaje de Jesús sobre la función de ser sal en Mateo 5:13. De la misma manera que la sal no sirve si pierde su sabor, nuestro mensaje es inútil si perdemos la santidad que nos distingue. Aunque nuestra vida es una obra sin terminar de este lado de la eternidad, somos llamados a vivir de manera diferente, para que el mundo reconozca la autenticidad del mensaje que proclamamos.

‘El amor de Dios por nosotros en Cristo, derramado por el Espíritu (Romanos 5:5), nos hizo entrar en la comunión con Él y con el Hijo; desde allí hemos llegado a contemplar la belleza de su santidad y, al contemplarla, nos hacemos tan hermosos como Él.’

JACKIE HILL PERRY

El evangelio es un mensaje santo que da testimonio de un Dios santo, que actuó de modo santo para hacer posible que a un pueblo no santo le fuera restituida su verdadera identidad: ser el pueblo santo de un reino santo.

GUÍA DE LA SESIÓN


PARA REPASAR (10–20 minutos)

Dediquen un tiempo para ponerse al día unos con otros: compartan historias, palabras de ánimo, respuestas ante oportunidades y todo lo que sirva de aliento para el grupo. Utilicen este momento para contar sus experiencias de lectura en oración basada en los Salmos (ver Aplicación en la Sesión Seis).

ORACIÓN

Encomienden este tiempo al Señor y oren por cualquier situación positiva o desafiante que se destaque en el tiempo de repaso.

ENSEÑANZA (30–40 minutos)

Utiliza el siguiente material didáctico como prefieras, ya sea leyéndolo textualmente o reelaborándolo para armar tu propia presentación. Hay tres pasajes bíblicos principales para esta sesión:

  1. SOLO DIOS ES SANTO

‘Y me daré a conocer en medio de mi pueblo Israel. Ya no permitiré que mi santo nombre sea profanado; las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR, el santo de Israel.’

EZEQUIEL 39:7

La Biblia revela quién es Dios para que podamos conocerlo y adorarlo en espíritu y en verdad. Al leer vamos descubriendo que Él es el único Dios verdadero. Aunque es indivisible, existe en su naturaleza trina (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Es perfecto. Es eterno. Es el Rey.

Pero lo que la Biblia deja especialmente en claro sobre Dios es que Él es santo. La santidad es la característica principal de Dios. Significa que no hay nadie como Él y que está separado de todos los demás: ningún otro ser puede compararse a su identidad, a su carácter o a la realidad de lo que Él es. Y esta es la característica que Dios desea para su pueblo: que lleguemos a ser un pueblo santo, separado para Él en nuestra adoración y nuestra obediencia, un pueblo de justicia y pureza (Levítico 11:45). Nuestra falta de santidad —nuestro rechazo a la santidad de Dios— ha provocado un problema catastrófico para la humanidad. El reino de Dios es un reino perfecto, pero hemos elegido la imperfección y el quedar excluidos de su presencia.

  1. LA SANTIDAD DE JESÚS HACE POSIBLE LA SANTIDAD DE SU PUEBLO

‘…pero, como Jesús permanece para siempre, su sacerdocio es imperecedero. Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos. Nos convenía tener un sumo sacerdote así: santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores y exaltado sobre los cielos. A diferencia de los otros sumos sacerdotes, él no tiene que ofrecer sacrificios día tras día, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque él ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre cuando se ofreció a sí mismo.’

HEBREOS 7:24-27

Estamos creados a imagen de Dios y tenemos el potencial de ser un pueblo santo, pero nuestra rebeldía se interpone en el camino. Si Dios permitiera incluso el más ínfimo fragmento de imperfección en su reino, su reino dejaría de ser perfecto. Por eso nuestro rechazo a la santidad nos excluye de la santidad de Dios y las bendiciones de su reino.

El evangelio nos dice que Jesús intervino para ser nuestro sustituto en la cruz, llevando sobre sí la muerte que habíamos escogido para nosotros. Pudo tomar nuestro lugar porque es perfectamente santo (sin pecado ni mancha). La deuda impagable de la rebelión del mundo fue cobrada a la cuenta de Jesús, quien es perfectamente obediente. Él saldó la deuda que nosotros jamás hubiéramos podido pagar, mediante el tesoro inagotable de su santidad. Ahora, cuando Dios mira a quienes pusieron su confianza en Jesucristo, no ve la imperfección (falta de santidad) del hombre, sino la perfección (santidad) de Jesús.

Piénsenlo así: ¿Recuerdan alguna vez en la que usaron una prenda de vestir que les dio una sensación particular de bienestar consigo mismos? Tal vez se vestían para una ocasión especial y, al salir de la casa, se sintieron un poco más confiados. Cuando ponemos nuestra confianza en Jesús, la Biblia afirma que Dios nos acredita la justicia de Jesús y somos revestidos de su perfección (Romanos 5:18; Filipenses 3:9; 1 Corintios 1:30).

Pablo nos dice que, en vez de satisfacer los deseos de la carne, debemos «revestirnos del Señor Jesucristo» (Romanos 13:14); significa literalmente ponernos su bondad. Comparemos esto con Santiago, quien implora a sus lectores que se despojen de (mejor traducido «se quiten de encima») toda inmundicia moral (Santiago 1:21). Tenemos que quitar de nuestra vida las cosas del pasado que eran contrarias a Dios y entregárselas a Cristo; así en un intercambio magnífico, Él las reemplaza con su propia justicia.

¿Alguna vez les impidieron ingresar a un lugar porque no cumplían con el código de vestimenta requerido? El requisito de entrada al reino perfecto de Dios es la santidad perfecta, que nosotros no poseemos. Pero, como pueblo imperfecto, ya podemos entrar en su reino perfecto porque ahora cumplimos con el «código de vestimenta» por medio de Cristo. Nada menos que la perfección alcanza, pero se nos ofrece vestir nada menos que la perfección de Cristo. El día en que finalmente entremos en la plena realidad del reino, no llevaremos nuestra imperfección con nosotros, sino la vestimenta de justicia.

  1. LA SUMISIÓN AL ESPÍRITU Y LA AUTODISCIPLINA PRODUCEN UNA VIDA SANTA

‘Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad.’

EFESIOS 4:23–24

Dios desea que crezcamos en madurez, eso implica que no repitamos los mismos errores una y otra vez mientras vivimos hoy para Él. Su gracia nos cubre, pero la evidencia de una fe sincera y auténtica es la transformación y el crecimiento (discipulado). No debemos contentarnos con portar la justicia de Cristo como un «pase libre», sino decidir honrar el costo de la justicia que lucimos, viviendo en obediencia a Aquel que pagó el precio por nosotros. Este es nuestro peregrinaje de discipulado: pasar de nuestro momento inicial de nuevo nacimiento (justificación) a un desarrollo constante de nueva vida (santificación).

Este camino de discipulado no solo nos da garantía de la futura perfección eterna que nos espera, sino que también nos brinda los medios para que podamos vivir de manera distinta hoy. La transformación que ocurre en la vida de un discípulo se expresa poderosamente en la exploración de Pablo sobre el fruto del espíritu que brota de la vida de un verdadero seguidor de Jesús (Gálatas 5:22-23). La última faceta del fruto mencionado es el control propio o la autodisciplina. Dios, mediante su Espíritu, nos dota de autodisciplina, pero nosotros tenemos que cooperar con Él (Filipenses 2:12-13).

A continuación hay cuatro disciplinas prácticas que podemos realizar para crecer en santidad y obediencia a Dios:

LA DEVOCIÓN

Cuanto más tiempo pasemos en la Palabra de Dios, más sabremos quién desea Dios que lleguemos a ser. De igual manera, al pasar tiempo en oración, también podemos pedirle a Dios que nos ayude a superar nuestras debilidades y tentaciones. Pasar tiempo con Jesús es aprender lo que significa ser santos mientras recibimos el poder para lograrlo.

LA CONCIENCIA DE UNO MISMO

A medida que leemos la Palabra, la Palabra también nos lee a nosotros, ayudándonos a examinar nuestra propia vida y a ser cada vez más conscientes de lo que somos. Esta autoconciencia nos ayuda a reconocer nuestra debilidad, y significa que podemos empezar a privarnos de las cosas que nos hacen daño.

LA COMUNIDAD

Estar atentos a la vida que llevamos no solo se logra mediante la conciencia de uno mismo. Al comprometernos con el compañerismo en una comunidad cristiana, nos abrimos a la evaluación afectuosa de quienes nos rodean.

Dar de nosotros en la comunidad genera oportunidades para que otros hablen a nuestra vida, y nosotros hagamos lo mismo con ellos. Abrirse con los demás podría presentar desafíos, pero el riesgo de la vulnerabilidad no debe disuadirnos del ideal bíblico de peregrinar juntos en gracia para crecer como individuos y como familia de Dios.

LA CONFESIÓN

Santiago nos insta a confesarnos unos a otros nuestros pecados, no para hallar absolución sino para rendir cuentas (Santiago 5:16). Es muy necesario encontrar un grupo de amigos de confianza con los cuales poder ser completamente sinceros y transparentes sobre nuestras luchas, tentaciones y fallas. El enemigo quiere mantener nuestra lucha en la oscuridad, donde pueda convertirla en vergüenza, pero Dios nos llama a peregrinar juntos y nos ayuda a rendir cuentas unos con otros para llevar nuestras faltas a la luz, donde Él puede restaurar y redimir. El fracaso jamás será algo definitivo si estamos con Dios: la rendición de cuentas es una vía mediante la cual podemos lidiar con nuestras luchas en humildad y sumisión a su gracia.

Como evangelistas, el mensaje que proclamamos no se limita a ver respuestas, sino que se trata de formar discípulos que crezcan y maduren: un pueblo santo (Colosenses 1:28-29). Son los discípulos auténticos que llevarán el mensaje de Dios con integridad y poder al mundo. Es una tarea santa para un pueblo santo.

DEBATE (15 minutos)

  1. ¿Cómo le describirías la santidad de Dios a alguien que no lo conoce?
  2. ¿Cómo nos ‘vestimos’ de Cristo?
  3. ¿Qué te facilita o te impide ser auténtico al rendir cuentas a otros?

‘Si crees que puedes caminar en santidad sin estar en comunión perpetua con Cristo, cometes un grave error. Si quieres ser santo, debes vivir cerca de Jesús.’

CHARLES SPURGEON

APLICACIÓN (5 minutos)

Si aún no tienes un pequeño grupo de amigos de confianza con quienes reunirte en forma habitual y poder ser totalmente sincero, abrirte y rendir cuentas (aparte del momento para eso en este grupo Avance), piensa con quién podrías comenzar a hacerlo y organiza algo lo antes posible. Si ya lo estás haciendo, habla con alguien que todavía no lo haga sobre la importancia que tiene para ti, y ayúdalo a empezar con algún consejo, estímulo o dato útil que puedas ofrecerle.

ORACIÓN

Reconozcan y celebren la santidad de Dios en oración. Busquen su perdón por causa de la rebeldía y agradézcanle porque, gracias a la obra redentora de Jesús, pueden beneficiarse de su justicia. Pídanle a Dios que siga obrando en sus vidas para hacerlos santos. Comprométanse a vivir con disciplina y en sumisión al poder del Espíritu, mientras buscan crecer como discípulos y estar cada vez más preparados para el propósito de ser un pueblo santo con un mensaje santo.

RENDICIÓN DE CUENTAS (25 minutos)

De a dos, aprovechen la oportunidad de este momento para confesarse mutuamente cualquier aspecto en el que se vean en falta una y otra vez. Dado que esta confesión quedará en conocimiento de ambos, determinen preguntarse de vez en cuando cómo les va en este asunto y orar continuamente el uno por el otro. Contesten la hoja de preguntas para la rendición de cuentas, comenten de a pares o en grupos pequeños, y oren unos por otros.