Puede ser que utilicemos indistintamente las frases «compartir la fe» y «compartir el evangelio», pero la verdad es que ambas tienen marcadas diferencias a pesar de ser acciones complementarias.
Veamos en qué difieren estas dos expresiones y por qué esa distinción es más que un simple juego semántico.
Compartir tu fe es transmitir una reflexión personal acerca de tu propia comprensión y experiencia en cuanto a la fe en Jesús. Cuando les compartes tu fe a otras personas posiblemente les expliques por qué tiene sentido para ti confiar en Jesús, qué es lo que Cristo ha hecho en tu vida y cómo ese cambio positivo se refleja día a día (es lo que comúnmente llamamos el testimonio personal); también podrías contarles sobre la esperanza que tienes en virtud de la existencia de Dios y la resurrección de Cristo, sobre tu manera de entender y vivir la fe en relación con las experiencias de tus interlocutores en este tema o bien en respuesta a las preguntas que te plantean. En el mejor de los casos, al hablar de tu fe provocas que otros escuchen, observen y se familiaricen con lo que significa creer en Jesucristo a través de tu vida (y potencialmente lo que esa fe podría significar para ellos).
Compartir el evangelio, en cambio, significa contar la historia de las buenas noticias acerca de Jesucristo, los principios de la verdad sobre quién es Dios, lo que ha hecho en el mundo y sus implicancias para la humanidad. Es la historia del Creador y la creación, de la relación y la rebelión; es el relato de la vida de Jesús, su ministerio, muerte, resurrección, ascensión al cielo y pronto regreso. Es también una invitación al arrepentimiento, es decir, abandonar nuestra rebeldía contra Dios y reconciliarnos con Él al poner nuestra confianza únicamente en Jesús como Señor y vivir consecuentemente en el poder del Espíritu Santo.
¿Puedes notar la diferencia entre estos dos conceptos? Es posible que hables de tu fe sin compartir el evangelio. Esto es precisamente lo que vemos en el videoclip de Stephen Colbert, una expresión de su propia travesía de fe sin un contenido significativo del evangelio. Si bien para algunos puede ser lamentable la ausencia del evangelio en estos casos, cabe destacar que el acto de compartir la fe a menudo puede ser un paso importante en el recorrido espiritual de una persona hacia la fe en Cristo. Igualmente vale notar que la misma acción puede ser tan vaga que de hecho llegue a desviar a las personas en lo que concierne a la fuente y la verdad de nuestra esperanza.
El compartir la fe, de por sí, no es técnicamente evangelismo (en el sentido de anunciar las buenas noticias), dado que no se proclaman las buenas noticias propiamente dichas sino solo los efectos que producen en la vida del creyente, lo cual es una realidad igualmente importante y poderosa, digna de expresar. Se trata más bien de un paso previo a escuchar y comprender el evangelio con mayor claridad, como un pre-evangelismo que puede ser de profunda importancia en la búsqueda espiritual de una persona. (Hay estudios que revelan que la gente es muchísimo más propensa a poner su fe en Cristo cuando conoce a un cristiano en forma personal, ¡y esto seguramente no se debe a que el amigo cristiano solo habla de los principios básicos del evangelio!).
Por otro lado, es posible que compartas el evangelio sin hablar de tu fe. Los principios de las buenas noticias son y siempre serán verdaderos independientemente de las experiencias de cada creyente en relación con la fe. El poder del evangelio no reside en la credibilidad de la vivencia de fe de una persona sino en su verdad sustancial e inmutable: la Verdad que nos hace libres (Juan 8:32). Sin embargo, el evangelio suele ser más creíble cuando su efecto se evidencia en la vida de quien lo proclama como un mensaje de transformación (2 Corintios 5:17).
Lo ideal es lograr encontrar puntos que conecten la verdad inmutable del evangelio con la vida diaria de las personas, para poder transmitir la Palabra con claridad al dar testimonio al mundo. Por este motivo es que compartir nuestra fe con otros demuestra una actitud sabia y bondadosa.
Pero lo imprescindible es que las personas conozcan el camino de la salvación: paz con Dios, vida abundante hoy y para siempre mediante el arrepentimiento y la fe en Jesucristo. Por este motivo es que debemos compartir el evangelio.
Cuando veas que alguien comparte su fe, ¡anímate! No importa la magnitud de su plataforma ni el grado de influencia que tenga. El hablar acerca de la fe es un gran paso intermedio, así que no te desesperes si te parece que el mensaje no tiene suficiente contenido evangelístico. Agradece porque ese podría ser un momento importante en la vida de una persona al ser expuesta a la fe, de manera que cuando se le proclame finalmente el evangelio lo pueda comprender con mayor autenticidad.
Ora para que se aproveche la oportunidad de compartir el evangelio en el momento preciso con valentía y claridad. Siempre que te sea posible, anima a aquellos que han compartido su fe, explicándoles la importancia de esta acción. Asimismo, enfatiza la necesidad de mantenernos atentos a las oportunidades que se nos presentan para compartir el evangelio y pídele a Dios que nos infunda el valor necesario ara aprovecharlas.
Debemos ser sinceros con nosotros mismos. Si nos conformamos con compartir nuestra fe para tildar el casillero de «testificar» en nuestra vida cristiana, pero realmente nunca le comunicamos el evangelio a nadie, en verdad no estamos testificando del evangelio en el sentido más estricto del término, y es probable que descuidemos el hecho de darle a la gente lo que más necesita: no nuestra experiencia de fe, sino la suya propia en Jesucristo mediante el poder del evangelio, del cual no nos avergonzamos (Romanos 1:16).
Por último, vale la pena decir que el Espíritu Santo es mucho más dinámico que este proceso que hemos planteado. Confiamos en Él para que nos guíe en todo lo que nos dispongamos a compartir y nos dé sabiduría para responder de la manera correcta en cualquier oportunidad que se presente.
Es la verdad del evangelio la que liberta a las personas por el poder del Espíritu, y debido a ello nos proponemos compartir las buenas noticias con claridad a través de vidas que den testimonio del poder y la esperanza del evangelio por su efecto continuo en nuestro andar.
Ser testigos con nuestra vida entera es compartir la fe y el evangelio con nuestras palabras y acciones.
PREGUNTAS
- ¿Por qué a algunas personas les resulta más fácil compartir su fe que el evangelio y viceversa
- ¿Qué oportunidades tienes de compartir tu fe cada día?
- ¿Por qué es importante entender la diferencia entre compartir tu fe y compartir el evangelio?


