- No eres un accidente. Has sido creado por el Dios perfecto y amoroso (Padre, Espíritu e Hijo), quien es la fuente y el sustentador de la vida (Génesis 1), y fuiste hecho a su imagen.
- Todos hemos rechazado a Dios (pecamos) al tomar nuestro propio camino, en lugar de vivir en obediencia a nuestro Creador. Por eso el mundo está roto y lleno de sufrimiento. Esta iniquidad afrenta a Dios, quien no trivializa el pecado ignorándolo o justificándolo, sino que castiga justamente a los transgresores (Romanos 3:23).
- Somos totalmente incapaces de enmendar las cosas a partir de que nos rebelamos contra Dios habiendo traicionado al Rey del universo. Rechazar a Dios es rechazar la vida misma. Nos queda la muerte eterna, que es el resultado natural de nuestro rechazo a la vida y el consecuente castigo de Dios (la justicia divina) por haber quebrantado su norma perfecta de una vida justa y recta (Romanos 6:23).
- Sin embargo, Dios no quiere que nadie perezca, porque Él mismo es amor y desea relacionarse eternamente con nosotros, sus queridos y amados hijos. En su misericordia, Dios puso en marcha una misión de rescate para salvarnos (1 Timoteo 2:4-6).
- Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo como un ser humano para que viviera la vida humana perfecta que nunca rechazó al Padre. A Jesús lo mataron en una cruz, donde Él decidió ocupar nuestro lugar y cargar sobre sí mismo la muerte que merecíamos por haber rechazado a Dios (Juan 3:16; Romanos 3:23-25).
- Tres días después, Jesús resucitó de los muertos, y así quedó rota la maldición de la muerte. La nueva vida es posible solo si confiamos en Jesucristo y acudimos a Él para hallar el perdón de nuestros pecados (Proverbios 28:13; Efesios 2:1-10; 1 Juan 1:7-9).
- La muerte y la resurrección de Jesús hicieron posible la reconciliación, la redención, la propiciación (aplacamiento de la ira divina) y la derrota del mal. Nuestro pecado se le atribuyó a Jesús, y su justicia se nos otorga a nosotros. El único requisito de nuestra parte para que este intercambio se realice es confiar en Jesús como Señor (poner nuestra fe en Él) y creer que Dios lo levantó de los muertos. Somos salvos por la fe solamente. (Mateo 20:28; Romanos 10:9; 2 Corintios 5:18-21; Juan 12:31; Colosenses 2:15).
- Ahora nos es posible acceder a una relación restaurada con nuestro Padre celestial. Tenemos paz y somos adoptados en la familia de Dios. Morimos a nuestra vieja vida y nacemos a una nueva vida. (Lucas 9:23; Colosenses 1:20, 2:13-14; Romanos 5:1-2; Gálatas 4:4-7).
- Jesús ascendió al cielo, donde reina a la diestra del Padre, pero les ha enviado a los creyentes el regalo del Espíritu Santo, quien nos da poder para vivir la plenitud de la vida en obediencia y ayudarnos a compartir sus buenas noticias de salvación al mundo. Somos transformados en nuevas criaturas -discípulos- mediante la obra del Espíritu en nuestro ser, la cual produce fruto. Somos embajadores de Dios en el mundo representando al reino de paz y sirviendo como testigos de Jesús y la verdad de su historia con nuestras palabras y acciones (Miqueas 6:8; Hechos 1:8; 2 Corintios 5:11-21; Gálatas 5:22-23).
- Un día, Jesús regresará para juzgar a los vivos y a los muertos. El reino perfecto de Dios será restaurado, y a aquellos que confiamos en Jesús como Señor nos espera una vida eterna con nuestro Padre amoroso. A quienes no confían en Él les espera la muerte eterna (el infierno). La buena noticia es que nadie tiene por qué morir eternamente; todos pueden tener la vida eterna y el gozo de una relación con Dios mediante la fe en Jesucristo (1 Corintios 15; Apocalipsis 21:1-8; 22:1-5).


