Hay muchos motivos por los cuales los cristianos se sienten cohibidos cuando se trata de compartir el evangelio, pero tal vez son tres los que más se destacan:

  1. La incapacidad que proviene del temor a las personas
  2. La falta de poder por la carencia de ciertas habilidades o de un llamado
  3. La descalificación a causa del pecado o del fracaso

¿Reconoces alguna de estas cuestiones en tu vida?

La solución de la iglesia para estos problemas a menudo ha sido implementar métodos evangelísticos que nos faciliten iniciar conversaciones de manera gentil e intencionada (temor a las personas), nos ayuden a cumplir con la tarea de evangelizar (habilidades) y nos permitan participar a todos (llamado vs. descalificación). La idea tiene sentido: si podemos proporcionar un método lo suficientemente efectivo, se logrará que más personas se conviertan en mensajeros del mensaje.

MÉTODO MENSAJERO MENSAJE

Si bien este enfoque puede producir algunos resultados positivos, no es lo ideal incentivar y equipar a las personas para el evangelismo basándose en una metodología memorística. El poder del evangelismo no reside en un método, sino en la verdad del mensaje del evangelio.

Podemos confiar demasiado en que el método sea capaz de ayudar al mensajero a superar sus impedimentos y solucionar la ignorancia del mundo. Pero, de hecho, esto se logra mejor al revelar lo extraordinario y poderoso que es el evangelio por su clara verdad y la realidad del mensaje que obra en la vida del mensajero. El método es útil, sin duda, pero debe ocupar el lugar apropiado.

EL ORDEN CORRECTO:

MENSAJE MENSAJERO MÉTODO

Leonard Ravenhill señala con razón que «cualquier método de evangelismo funciona si Dios está en él». Esto plantea la pregunta clave:

¿Cómo te aseguras de que Dios está en tu método? Cerciórate de que Dios esté en el mensajero.

¿Y cómo te cercioras de que Dios está en el mensajero? Comienza con el mensaje: el evangelio mismo.

MENSAJE

El objetivo de comenzar con el evangelio cuando preparamos a las personas para la tarea de evangelizar no es únicamente que tengan una buena comprensión del mensaje para que puedan comunicarlo al mundo (por muy importante que esto sea). Más bien, comenzamos con el evangelio, lo reafirmamos y lo reforzamos una y otra vez porque, sin su verdad, la luz en nuestra vida personal y comunitaria se desvanecería.

Somos transformados cuando nos tomamos el tiempo para hablar del evangelio, para escudriñar su verdad, para lidiar con su complejidad, para asombrarnos ante su maravilla, para deleitarnos en su esperanza, para responder a su invitación de arrepentirnos y para vivir en su realidad. Nuestra mente adquiere la agudeza para expresar con sencillez las profundidades del evangelio. Nuestra vida se purifica y perfecciona a la imagen de Aquel que es el centro del evangelio. Nuestro corazón se conmueve por aquellos que aún no conocen este mensaje de salvación.

En pocas palabras, la mejor forma de incentivarnos y equiparnos para el evangelismo es conociendo profundamente el evangelio. A través de su verdad y de su poder dejamos de ser solo personas que transmiten un mensaje mediante un método y nos transformamos en la encarnación viva del mensaje (2 Corintios 5:17-21).

MENSAJERO

La película 1917, nominada al Óscar en 2019, cuenta la historia de dos soldados que son enviados en una peligrosa misión, la de entregar un mensaje de vida o muerte en un frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial. Estos soldados mensajeros arriesgan su vida con el fin de llevar el mensaje a aquellos que necesitan oírlo para salvarse de una muerte segura.

Podríamos percibir de modo similar nuestro papel como mensajeros del evangelio: nosotros abandonamos la seguridad de las trincheras de nuestra iglesia y nos dirigimos al campo de batalla con nuestro mensaje (de hecho, muchos cristianos en el mundo se exponen a peligros muy reales por causa del evangelio). Pero esta analogía del mensajero no alcanza para describir el impacto personal que el mensaje tiene en los propios mensajeros. En primer lugar, en la película 1917, los soldados llevan el mensaje porque es su deber y, en segundo lugar, lo hacen porque es urgente, pues saben que podría salvar vidas. Pero el mensaje en sí no tiene ningún impacto en ellos como individuos, solo en la misión que emprenden.

En cambio, nosotros somos mucho más que simples portadores de un mensaje de vida o muerte, somos la encarnación viva de ese mensaje. Pues es un mensaje transformador. De hecho, a medida que somos transformados al conocer y experimentar el evangelio, y al someternos a su verdad, tenemos la esperanza de poder superar cualquier desafío que enfrentemos al evangelizar, no por el método que usemos, sino por el poder del mensaje mismo.

¿Te sientes incapaz a causa del temor? Deja que el evangelio de la paz te haga vivir en libertad (2 Tim 1:7).

¿Sientes que careces de poder a causa de tu debilidad? Deja que la autoridad del evangelio te envista de poder a pesar de tus limitaciones (2 Corintios 12:9).

¿Te sientes descalificado a causa del pecado? Deja que el evangelio de salvación restaure tu relación con Dios y te haga apto para cumplir el propósito de su Reino (Mateo 5:14-16). Permite que el evangelio te vivifique y dedica tu vida a ser un mensajero de su mensaje de esperanza con tus palabras y tus hechos.

MÉTODO

Una vez que nos comprometemos a hablar del evangelio, escudriñarlo y conocerlo en profundidad por nosotros mismos, podemos comenzar a discernir más apropiadamente qué recursos tenemos a disposición y usarlos de manera efectiva en cualquier contexto dado. Para ser claros, la palabra método en este contexto se refiere a una forma simple de explicar o explorar el evangelio, a diferencia de las técnicas que se usan en el evangelismo, tales como hacer preguntas, escuchar bien, ofrecer oración, etc.

El mejor enfoque para explicarle a alguien los principios de las buenas noticias siempre será tener un conocimiento profundo del evangelio, tanto intelectual como vivencial, para que en cualquier conversación sepamos cómo conectar la maravillosa verdad del evangelio con la vida de la persona a quien estamos evangelizando. Debemos revelar que la Palabra de Dios —viva y activa— es real para sus vidas, a fin de que nuestros amigos, vecinos, colegas e incluso aquellos a quienes no conocemos reciban el evangelio como personas, y no como destinatarios de un método determinado. El objetivo es que perciban el evangelio como un mensaje de vida al conversar con alguien que está realmente vivo gracias al poder de ese evangelio.

Con todo esto en mente, estos métodos de evangelismo pueden ser excelentes herramientas para la evangelización en diferentes contextos, ya que se basan en el fundamento del evangelio que ya está establecido en nuestras vidas.